+ COMPAÑÍA DE SANTA TERESA DE JESÚS (3 mártires)


- Madre Mercedes del Sagrado Corazón (Mercedes Prat y Prat)
- Madre Josefa Busquets Piñol
- Madre Cándida del Corazón de Jesús (Cándida López Romero)


Madre Mercedes Prat y Prat

Todo esto lo conocemos por testimonio de la Hna. Joaquina Miguel que sobrevivió al fusilamiento y dio testimonio del martirio de la Madre Mercedes Prat:


Madre Mercedes

El 19 de julio de 1936 los milicianos incendian la iglesia de Nuestra Señora de Bonanova, cercana a la Casa Madre de la Compañía de Santa Teresa de Jesús. Las Superioras dispersan a las Religiosas que vestidas de seglares se refugian en casas de familias amigas. Al día siguiente, la Federación Anarquista Ibérica comenzó a registrar los domicilios sospechosos de albergar sacerdotes y Religiosas. Como las represalias hacia las familias podían ser terribles, la Madre Mercedes Prat (56 años) y la Hna. Joaquina Miguel (portuguesa) decidieron encaminarse hacia la casa de la hermana de la Madre en el barrio de Horta, al otro extremo de la ciudad de Barcelona donde se encontraban. Después de dos horas andando, fueron detenidas por un hombre a quien resultaban sospechosas las Hermanas por su indumentaria. Este hombre las llevó a su casa y allí su mujer las registró minuciosamente, encontrando un crucifijo y un rosario. Varios milicianos furibundos se habían concentrado en la vivienda y al ver el crucifijo gritaban: “No merecen ustedes perdón por traer a ese hombre infame que fue crucificado, a ese cupido muerto que no vale nada. No pueden esperar misericordia.”

Se formó un denominado “tribunal soviético” para realizar la pantomima de un juicio para aquellas mujeres cuyo delito era ser Religiosas. Los milicianos las sacaron a un patio donde se reunieron con varias personas arrestadas (entre ellas dos Franciscanas Hijas de la Misericordia). A todos les hicieron subir a un muro alto y los alinearon, colocándolos de espaldas a la carretera. Para prolongar su martirio hacían ademán de disparar ya a la cabeza, ya al pecho o al estómago. Mientras tanto, los milicianos presentes (hombres y mujeres) reían y bebían a la salud de sus prisioneros. Después de dos horas de larga agonía, las piernas de las pobres Religiosas comenzaron a temblar negándose a sostenerlas por más tiempo; un ligero movimiento hubiera bastado para despeñarlas de espalda en la carretera que pasaba delante de la casa.

Al ver esto las hicieron descender y, durante una hora larga, las tuvieron en terreno llano, alineadas de la misma forma. Al fin llegó la orden de no fusilarlas, lo que hizo suspender el horrendo simulacro y les dio un respiro de esperanza. Por la noche llegó un camión, rodeado de más de quinientos milicianos rojos, en el cual fueron metidas las Hermanas con sus compañeros de martirio y un pelotón de hombres armados. Al llegar al sitio que iba a ser para ellas la entrada del Cielo, se detuvo el camión, descendieron las víctimas y les dieron orden de alinearse. Los seis hombres que formaban el pelotón fueron a situarse en medio de la carretera.

Sonaron varias descargas. A la primera, fingiéndose muerta, dejose caer herida al suelo la Hna. Joaquina Miguel, a quien Dios reservaba para que pudiera ser testigo fiel del glorioso martirio de la Madre Mercedes. Los ayes angustiosos de las víctimas resonaron largo tiempo en el lúgubre silencio de la noche. El camión ya se había retirado, pero como los lamentos continuaban, los verdugos volvieron atrás e hicieron sobre los heridos una nueva descarga de ametralladora para rematarlos a todos. La Hna. Joaquina, aunque se desangraba por las seis heridas que había recibido, como no tenía ningún órgano vital afectado, cuando los milicianos se alejaron se acercó arrastrándose como pudo a la Madre Mercedes para ayudarle fraternalmente a bien morir. La Madre, entre gemidos, iba repitiendo el Padrenuestro y las jaculatorias que la Hna. Joaquina le sugería. Al oír sus lamentos de dolor, le decía con afectuosa candidez: “Madre Mercedes, no grite, por amor de Dios, porque volverán esos hombres y nos matarán otra vez..."

Cuando la Hermana Joaquina comprendió que ya había muerto, confiando sus despojos mortales al cuidado de la Providencia, a campo traviesa, se metió por la primera senda que encontró para no caer en manos de aquellos bárbaros cuando vinieran a recoger los cadáveres. La bondad divina la condujo, después de muchas peripecias, al Cónsul de Portugal, que la protegió con verdadera caballerosidad.

La Madre Mercedes Prat fue Beatificada por el Papa Juan Pablo II el 29 de abril de 1990. La Hermana Joaquina Miguel murió en Braga (Portugal) el 12 de abril de 1994.

Madre Josefa Busquets Piñol

La Madre Josefa fue asesinada en Barcelona el año 1936, durante los primeros meses del terror marxista. Tenía 64 años de edad. Había sido Superiora en el Colegio de Gracia y, cuando ocurrieron los hechos, era profesora en esta misma casa. Las Hermanas recuerdan su humildad y su obediencia. De ella han dejado escrito:

“Al abandonar el Colegio de la Travesera de Gracia cuando ya los milicianos recorrían como energúmenos las calles, la Madre Josefa fue a hospedarse con la viuda de su hermano, y pasado algún tiempo fue acogida por una familia caritativa donde, al hacer un registro los rojos la prendieron, tomándola por la esposa del dueño de la casa. Con serenidad proclamó en alta voz su condición de Religiosa, valerosa confesión que le costó la vida pues los milicianos se la llevaron para fusilarla, probablemente algunos días más tarde.

A pesar de las indagaciones que se han hecho, nada hemos podido averiguar acerca de su muerte y del sitio donde sus restos fueron sepultados. El único testimonio que tenemos de su muerte se apoya en la afirmación posterior de una ex-alumna del Colegio, discípula suya, que reconoció su cadáver en el Hospital Clínico donde hacinaban diariamente los sangrientos despojos de las víctimas para que sus familiares pudieran identificarlos y darles sepultura.”

Madre Cándida López Romero

La Madre Cándida tenía 42 años cuando, en Mora de Toledo, el 21 de mayo de 1937, entregó su vida como testimonio de su fe. Era una persona sencilla, entusiasta, optimista, incluso ingenua. Las Hermanas dicen que el nombre de Cándida le venía perfectamente y fue como un símbolo de su vida y de su muerte.

El relato de los acontecimientos dice así: Al fracasar en Valencia el Alzamiento Nacional, la Madre Cándida fue a refugiarse en su pueblo natal. Después de varias tentativas infructuosas logró llegar a Mora de Toledo, donde se la persiguió con verdadera saña desde el primer instante de su llegada. En aquellos días terribles en los que el más fútil pretexto bastaba para asesinar a las personas honradas, muy lógico era el odio con que se miraba a la Madre Cándida, que tenía en contra suya el triple crimen de ser religiosa, pertenecer a una familia acaudalada que empleaba su fortuna en hacer el bien, y estar calificada como derechista de abolengo en toda la provincia.

El primer zarpazo de la fiera fue encarcelarla con sus hermanas, odiadas por los rojos a causa de sus campañas catequísticas. Con serenidad e intrepidez que asombraban a sus verdugos, nuestra querida Mártir soportó en la prisión toda clase de vejaciones, golpes y malos tratos, que en varias ocasiones la obligaron a arrojar sangre por la boca. Sobre ella recaían invariablemente los oficios más despreciables y pesados, como lavar suelos y retretes, etc., y como si esto no bastara, le negaron hasta el menguado alivio de una silla en que sentarse y un colchón para extender sus miembros doloridos.


Madre Cándida

Una de las tres veces que estuvo encarcelada, la sacaron una noche en una camioneta simulando que iban a darle el trágico “paseo”, y para asustarla más le preguntaron si quería morir envenenada o fusilada. La Madre Cándida respondió que eligieran ellos mismos la muerte que mejor les pareciera y continuó rezando tranquilamente su rosario. Largas semanas de humillación y sufrimiento faltaban a la víctima para la gloria de su triunfo, y después de haber tenido tan cerca aquella noche la palma del martirio, no pudo asirla con las manos. No quiso ocultar jamás su condición de esposa de Jesucristo, lo que la hacía blanco de las iras de aquellos desalmados; nunca abandonó sus prácticas piadosas, y tan ferviente era la devoción con que a ellas se entregaba que, subyugado un teniente rojo por la memoria de su madre a quien había visto rezar de igual manera, la acompañó más de una vez en la recitación del rosario.

El 20 de mayo de 1937 llegó a Mora la funesta Columna Lister, formada por la hez del comunismo internacional; su primera hazaña fue detener a la Madre Cándida y a sus dos hermanas con otros muchos católicos de significación derechista. El día 21 de mayo, a las diez de la noche, un pelotón de internacionales sacó de la cárcel a la Madre Cándida y a sus diecinueve compañeros (el grupo era de 15 hombres y 5 mujeres); sigilosamente, para que el vecindario no se enterase del asesinato, se les condujo a las afueras de Mora donde recibieron la corona del martirio con el sadismo y bárbaras mutilaciones características de todos los crímenes realizados por aquellos forajidos sin patria y sin hogar.

Al extraer los cadáveres de estas últimas víctimas del terror marxista en la población, apareció la cabeza de la Madre Cándida hendida, probablemente a golpes de hacha, la mano derecha separada del brazo y cortado uno de los pies. Aquella sangrienta noche de mayo los verdugos enterraron los cuerpos en una trinchera abierta en medio del campo y, para borrar las huellas del salvaje atentado, a continuación de la “trinchera-sepulcro” cavaron otra serie impidiendo así que el lugar pudiera más tarde ser reconocido.

El Cardenal Gomá hizo trasladar los restos de los mártires, previamente identificados por sus familiares, a la iglesia parroquial de Mora y colocarlos en una capilla construida expresamente para ese fin. En el lugar donde fueron asesinados se ha construido un cementerio; una cruz y un espacio rodeado por una verja recuerdan el sitio exacto donde cayeron.

Las Madres Amalia Cernuda y Catalina Díez se encargaron, en el año 40, de recoger los datos posibles sobre el martirio de nuestra Hermana. Hablaron personalmente con la familia, con el párroco, con testigos fidedignos, e incluso con “Ganaliebres”, un criminal al que permitieron salir de la cárcel para que nuestras Hermanas lo interrogaran, pero... "Como desgraciadamente los rojos se empeñaron en no decir palabra de ese crimen, que sin tenerlos a ellos como cómplices no hubieran podido realizar los internacionales, que no conocían al vecindario de Mora, la Compañía de Santa Teresa de Jesús no ha podido esclarecer todos los pormenores de la muerte de esta querida Hermana Mártir.”

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué alegría tener una gran mártir como la madre Mercedes Prat y Prat, en este mundo que hay un paganismo tal, se necesitan testigos de fe y ella fue una de los miles que hubo

Anónimo dijo...

si la beata Mercedes Prat fue una excelente pesona y fue muy valiente junto con sus compañeros de martirio,por estar moralmente muy preparados para el martirio que sufrieron